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domingo, 16 de octubre de 2016

DEL CREPÚSCULO AL AMANECER. "Charros contra vampiros" cumple 20 años.


DEL CREPÚSCULO AL AMANECER
From Dusk Till Dawn

Robert Rodriguez, 1996

Por alguna extraña razón, el género de vampiros y el western se mezclan bien. Quizá en cine no se ha explotado tanto como podría, pues en este momento sólo me viene a la mente la excelente, aunque olvidada, Cuando cae la oscuridad (Bigelow, 1987) y la terrible BloodRayne 2: Deliverance (Boll, 2007) ‒y con todo, es superior a la primera parte‒. Quizá en el terreno de los comics, la mezcla ha sido más afortunada con la serie de Vertigo, American Vampire. Sea como fuere, si hay un ejemplo de este crossover en el cine, que además funciona bastante bien, es Del crepúsculo al amanecer.


    La película cuenta la historia de dos asaltabancos, los hermanos Gecko. Por un lado, está el frío Seth (George Clooney) y, por el otro, su hermano menor, el psicópata violador Richie (Quentin Tarantino). Luego de su último golpe, los Gecko huyen por las carreteras de Texas sembrando el pánico. Al llegar a un motel, los hermanos toman como rehenes a Jacob Fuller (Harvey Keitel), un pastor viudo que ha perdido la fe, y sus dos hijos adolescentes: Kate (Juliette Lewis) y Scott (Ernest Liu). El plan de los criminales es escapar a México con sus rehenes para encontrarse con un conecte; pero, apenas cruzan la frontera, paran en un bar de camioneros conocido como el Titty Twister. El bar es el más alocado que cualquiera haya visto; pero, además, esconde un terrible secreto en su interior, pues es el sitio de reunión de un clan de vampiros sedientos de sangre.


    Así es. Sólo el texano Robert Rodriguez podría dirigir una cinta tan alocada... bueno, él o Mario Almada; pero Rodríguez tenía el dinero suficiente para que se viera más o menos bien. Habiendo crecido precisamente en la frontera, el imaginario de Rodríguez es uno en el que las películas de El Santo y las de Chabelo y Pepito conviven perfectamente con las de Chuck Norris y La masacre de Texas (Hooper, 1974). Y ese caldo de cultivo nutrió esta peli de una forma que incluso sus creadores (el mismo Tarantino y Harvey Kurtzman) no podrían haber anticipado.
    Los valores de la producción no son precisamente altos. La película se ve como una de bajo presupuesto... porque lo es, y a mucha honra. Vamos, incluso las esculturas en el interior del Titty Twister se ve que están talladas en espuma de poliuretano y que su pesado portón de madera es de triplay pintado, o que las paredes de la caverna que sale están hechas de papel maché. Aun así, el set principal es uno de lo más ingeniosos y llenos de vida que recuerdo haber visto.


    Siguiendo con este mismo orden de ideas, los vampiros se ven muy disparejos. En general, el diseño del maquillaje ‒elaborado por el estudio de Greg Nicotero‒ es más bien caricaturesco y dudo mucho que su propósito sea dar miedo, además de que algunos de plano se ven como de máscara de Halloween de Wal-Mart. Y las botargas de vampiros completos que salen hacia el final no se ven mucho mejor.
    Y el CGI, en aquellos tiempos en que era una cosa casi experimental, ha envejecido terriblemente. Bueno, en realidad nunca se vio bien, pero pues no había mucho con qué compararlo. Francamente, algunos efectos digitales son hilarantes.


    Las que se ven muy bien son las secuencias de muertes de vampiros que fueron logradas gracias a efectos físicos, como cuando los descuartizan, o explotan, o se derriten o cosas así.
    Las actuaciones tampoco son particularmente buenas por parte de nadie. George Clooney no actúa tan mal en esta película como es su costumbre, pero tampoco lo hace bien. Tarantino se defiende a pesar de no ser actor realmente y logra darle vida a su personaje. Él junto con Keitel son los que sostienen la película en el rubro de la actuación, todos los demás quedan bastante mal parados... Vamos, hasta los extras son malos. Si uno pone atención, notará que los extras que aparecen en el fondo sólo caminan de un lado a otro completamente fuera de personaje o, en el caso de los vampiros, se mueven como botarga de programa de concursos.


    Lo que sí es muy rescatable de la cinta es el guión, el cual, por cierto, es obra de Tarantino. Es ingenioso y está lleno de vueltas de tuerca cada vez más alocadas que parecen estar jugando a desafiar la credibilidad del público... y logran salirse con la suya. Tiene un sentido del humor retorcido, ácido e irreverente y quizá lo mejor es que no hay personajes “sagrados”. Por lo general, en un melodrama de acción uno sabe perfectamente quiénes iban a sobrevivir al final de la cinta y quiénes no. Esta película juega un poco con eso y no tiene empacho en matar personajes a diestra y siniestra... porque además es súper sangrienta, siguiendo con la propuesta estética de la Ultra-violencia.


    Me encanta la relación entre los hermanos Gecko, que básicamente viven una fraternidad retorcida. Se comportan como niños de primaria, pero con el riesgo adicional de que son criminales de alta peligrosidad con armas... y uno de ellos con aparatos de ortodoncia.


    El elemento vampírico es interesante, porque además entra en la película cuando esta ya va muy avanzada. Si mal no recuerdo, el primer vampiro aparece en pantalla cuando ya ha transcurrido más de una hora; lo que lo convierte en una vuelta de tuerca casi tan bien lograda como aquélla legendaria con la protagonista de Psicosis (Hitchcock, 1960). Además, los realizadores toman las reglas de la mitología vampírica como un entretenido juguete al que le dan vueltas y retuercen con resultados sorprendentes.
     El guión tiene reminiscencias de otras películas en las que estuvo involucrado Tarantino, particularmente Asesinos por naturaleza (Stone, 1994, Tarantino escribió el argumento) y Tiempos violentos (Tarantino, 1994). Está el asalto a un establecimiento de poca monta, la glorificación de los criminales por parte de la prensa, los diálogos inverosímiles antes de los balazos, la participación de Juliette Lewis haciendo un personaje de adolescente y los “accidentes” con pistolas.


    La narrativa de la cinta está súper influida por los cómics ‒me recuerda un poco a El Día de la Bestia (De la Iglesia, 1995)‒ y, en general, la estructura es de ésas que me gusta llamar “de videojuego”: los personajes se enfrentan a enemigos cada vez más poderosos como si fueran avanzando por niveles. Lo que sí le duele de repente a la narrativa es la edición, que llega a ser atropellada por momentos.


    Hay también una serie de referencias a lo largo de toda la película que le sacan a uno una sonrisa, como la playera de Masacre en el precinto 13 (1976), la clásica película de John Carpenter, usada por Scott; la burla que hacen a las películas de vampiros con Peter Cushing; la clásica escena de las películas de Tarantino en la que se ve que abren la cajuela de un automóvil desde el interior y la cadena de comida rápida que siempre aparece en sus cintas: Big Kahuna Burger; la aparición, en papeles secundarios, de Fred Williamson ‒a quien recordamos por las película de la serie Fuerza Delta (1986-1990), al lado de Chuck Norris, y la infumable trilogía Black Cobra (1987-1990)‒, Tom Savini ‒quien hiciera los efectos de maquillaje para El amanecer de los muertos (Romero, 1978) y dirigiera el remake de La noche de los muertos vivientes (1990), entre tantas otras‒ el comediante Cheech Marin, quien además hace dos personajes diferentes,  y el veterano actor John Saxon, a quien siempre le dan papeles de agente de la ley ‒en esta peli es un agente del FBI‒ y que recordamos con cariño como el Tte. Donald Thompson en Pesadilla en la calle del Infierno (Craven, 1984).


    Hay algunas otras más oscuras, como la utilización de Lawn Darts ‒unos dardos de juguete impulsados por presión de agua con afiladas puntas metálicas que fueron retirados del mercado en los 80 luego de causar varias muertes‒ como armas; pero sin duda mi gran favorita es el nombre del personaje de Salama Hayek: Satánico Pandemonium, una peliculita mexicana nunsplotation[1] de los setenta que en el mercado doméstico fue conocida como La sexorcista (Martínez Solares, 1975).
    Y esa rata-vampiro gigante... o lo que sea, ¿es una referencia a Braindead: tu madre se comió a mi perro (Jackson, 1992), o a Un hombre lobo americano en Londres (Landis, 1981)? ¿O es pura mamada? Quiero decir, ¿qué onda con eso?... Ahora no puedo dejar de pensar en el Casto-ratón de iCarly...


    La fotografía, a cargo del mexicano Guillermo Navarro, es bastante buena y nos entrega una película con una atmósfera marrón que sí transmite la sensación de estar acompañando a los Fuller y los Gecko por el desierto mexicano.
    Sin embargo, creo que el mayor acierto de la película es el soundtrack que fluye entre el rock, el blues y el country de manera natural y que ambienta la acción de forma maravillosa. Canciones de ZZ Top, The Mavericks, Tito & Tarantula ‒lidereados por el mismo Robert Rodriguez, quienes además hacen un cameo en el interior del Titty Twister‒ y Stevie Ray Vaughan logran situarlo a uno en el medio de este universo de camioneros, vampiros, pistoleros y chicas topless. ¿Y cómo olvidar la canción After Dark? Porque Salma Hayek emigró de México a principios de los 90 y fue una prolífica actriz de telenovelas en EE.UU.; pero fue su escena bailando con una boa enroscada en el cuerpo al ritmo de esa canción lo que la puso en el mapa.


    La película nunca trascendió el estatus de “cine de culto”... ni creo que lo haya pretendido alguna vez, me parece que desde un inicio fue creada como tal. Aun así, se ha ganado una legión de fieles fans que la convirtieron en una trilogía que cuenta con una secuela, From Dusk Till Dawn 2: Texas Blood Money (Spiegel, 1999), y una precuela, From Dusk Till Dawn 3: The Hangman’s Daughter (Pesce, 1999), ambas para video, un videojuego medianón para Windows (Cryo Interactive, 2001) cuyo argumento es una continuación directa de la primera película, una serie de TV (2014-) actualmente en su tercera temporada... e, increíblemente, ninguna serie de cómics.


    Del crepúsculo al amanecer es una de esas buenas malas películas que se disfrutan más con cervezas y quizá una pizza. Funciona bien como una película de acción, y como una comedia con un humor simplón y de mal gusto que raya en lo escatológico. También, por supuesto, funciona como una película de vampiros y, aunque no particularmente profunda o bien manufacturada ‒algunos de los stunts son muy buenos, otros son francamente chafas al punto de lo hilarante‒, al final resulta en una experiencia satisfactoria.




PARA LA TRIVIA: Éste fue el primer guión por el que Tarantino recibió una paga, vendiéndolo en USD$1500. Está basado en el argumento ideado por el artista de efectos especiales Harvey Kurtzman. Esto como un favor que Kurtzman pidió a Tarantino para compensarlo por haber hecho la escena la oreja amputada en Perros de reserva (1992) prácticamente sin cobrar.

Guión
1
Dirección
0
Actuación
1
Fotografía
2
Música
2
TOTAL
6




[1] Así es. Hay todo un subgénero de películas de explotación que incluyen softcore entre monjas... Y México produjo dos de las más recononocidas.

domingo, 9 de octubre de 2016

QUERER ES PODER. "Durante la Gran Depresión uno tenía que timar para sobrevivir... era eso o trabajar" Abuelo Simpson.


QUERER ES PODER
King of the Hill

Steven Soderbergh, 1993

Sin duda alguna, una de las etapas más difíciles en la historia de Estados Unidos fue la conocida como la Gran Depresión. Tras el colapso de la Bolsa de Valores en 1929, millones de personas en EE.UU. perdieron todo su patrimonio y se vieron obligadas a vivir en las calles o en condiciones al borde de lo infrahumano. Justo en esa época es que se desarrolla la historia de esta película.


    La peli narra la historia de Aaron Kurlander (Jesse Bradford) y su familia, quienes sobreviven a duras penas hacinados en un cuarto de hotel. La madre de Aaron (Lisa Eichhorn), padece tuberculosis; su hermano menor (Cameron Boyd) parece no poder mantenerse alejado de los problemas en la escuela y su padre (Jeroen Krabbé), un fracasado vendedor de puerta en puerta, vive persiguiendo espejismos en su quijotesca idea de buscar empleo. Los únicos que parecen interesarse en Aaron son su profesora, la Srta. Mathey (Karen Allen, quizá el único rostro conocido, en aquel entonces, en la película por Cazadores del Arca Perdida [Spielberg, 1981]), y Lester (un incipiente Adrien Brody), un bribón timador con corazón de oro. Pero, conforme la situación de la familia Kurlander se va volviendo cada vez más insostenible, Aaron irá descubriendo que la única persona que puede ayudarlo a sobrevivir es él mismo.


    Aunque el título que le pusieron a esta película en español me causa una especie de enfermedad, creo que describe bastante bien lo que la cinta es. Me refiero a que se trata de una producción más bien pequeña, pero muy bien aprovechada. Las locaciones ‒la mayoría de ellas en la verdadera ciudad en la que se ambienta la cinta, St. Louis, Missouri‒ son pocas, pero la recreación histórica fue llevada a cabo celosamente. Los vestuarios, la utilería y el mobiliario están súper cuidados ‒aunque me surgió la duda sobre si los teléfonos en 1933 ya daban tono de marcar‒.
    Lo primero que pude notar fue que la fotografía es buena. Me gusta ese tono dorado que tenían las películas en los 90, ¿lo recuerdan? Aquí, la fotografía se vuelve preciosista al tratar de capturar todos los detalles de lo que sucede frente a la cámara, realzando incluso texturas y volúmenes. Además, logra transmitir esa atmósfera de miseria, no sólo económica sino espiritual, que envuelve a los personajes.  


    En este rubro, también pude notar que muchas de las tomas de la cinta son tomas cerradas. No sé si esto lo hicieron para captar las sutilezas en las interpretaciones de los actores o si de plano tomaron casi puros primeros planos porque no tuvieron presupuesto para construir y ambientar sets más grandes. Sea como fuere, los planos cerrados se convierten en una herramienta narrativa que nos permite acercarnos de manera más íntima a los personajes ¡Incluso se siente angustia cuando las gotas de sudor perlan el rostro de Aaron mientras alucina por el hambre!
    También pude notar que muchas de las tomas están emplazadas a baja altura, como si la cámara filmara a la misma altura de los ojos de Aaron, lo que le da un sentimiento más personal y una perspectiva única a lo que sucede en la historia. Además de crear un cierto distanciamiento con el “mundo de los adultos”.


    La película también muestra un marcado contraste entre otros dos mundos: el de aquéllos que tienen que vivir en tiendas de campaña en los parques porque lo han perdido todo, y el de los que juegan golf los fines de semana en campos privados, ofrecen fiestas para cientos de invitados y les dan trabajos frívolos a los primeros. Y cuando éste último comienza a enredar al pobre Aaron, el chico no encuentra otra solución más que huir de un mundo que no es el suyo.
    Con frecuencia, los niños que protagonizan películas son elegidos por los directores de casting por su carisma frente a la cámara y no por sus habilidades histriónicas, y por esto los adultos que los rodean suelen ser actores ya consagrados que soporten la carga actoral de la cinta ‒Terminator 2: el Juicio Final (Cameron, 1991), te estoy viendo a ti‒. Pero en ese sentido, ésta es una película atípica. Las actuaciones de todos los involucrados son bastante buenas y Bradford logra llevar el hilo conductor de la historia a través de su interpretación de un muchachito mentiroso que inventa historias para que los demás no se enteren de que su familia no tiene ni para amanecer.


    En general, todos los niños que aparecen en la cinta, incluida una Katherine Heigl adolescente en su segunda aparición en pantalla, actúan muy bien.
    Me llamó mucho la atención el personaje del papá de Aaron, a quien la desesperación lo lleva a aferrarse a ideas absurdas y a construir castillos en el aire. La actuación de Krabbé es buena y, aunque por momentos raya en lo caricaturesco, no se siente botada o fuera de lugar. Quizá tenga que ver con que el personaje del patrullero Burns, interpretado por el siempre genial John McConnell ‒a quien con frecuencia le dan papeles de policía y quizá lo recuerden por películas como El cuervo (Proyas, 1994) o Django sin cadenas (Tarantino, 2012)‒, fue prácticamente sacado de los dibujos animados de la época.


    A pesar de esto, en el tercer acto el tono de la película, que había tirado más hacia la travesura, se vuelve bastante más oscuro, más sórdido. El protagonista comienza a descender en una espiral de mala suerte combinada con fatalidad, en la que todos sus intentos por no sucumbir fracasan y que nos hace dudar sobre si podrá salir avante al final.
    Y ése es el único aspecto en el que siento que esta película queda a deber: el guión. No es malo, pero tampoco es algo espectacular. Simplemente es un guión correctamente escrito para un melodrama de lo más formulario; que funciona, casi palomeando cada punto, según la fórmula de un melodrama clásico al más puro estilo de Dickens. SPOILER Deus ex machina y castigo ejemplar para el antagonista incluidos al final TERMINA SPOILER.


    Querer es poder es una buena película que quizá no sobresalga particularmente por su contenido; pero que puede jactarse de tener una manufactura impecable. Además, es una cinta muy eficiente que cumple con su cometido de crear empatía con su protagonista e identificarnos con él, acompañándolo en su aventura... o, en este caso, desventura. Sobre todo, se disfrutan su actuación muy por encima del promedio y su fotografía bella y dinámica.



PARA LA TRIVIA: La película está situada en 1933. Hacia el final, el padre de Aaron recibe una carta de la WPA. La Works Progress Administration era una agencia gubernamental dedicada a dar trabajo a millones de personas desempleadas en obras públicas; pero no fue creada sino hasta 1935. 

Guión
1
Dirección
2
Actuación
2
Fotografía
2
Música
1
Total
8


jueves, 29 de septiembre de 2016

LA MASACRE DE TEXAS 2. A 30 años de su estreno, ¿esto es una mala secuela o una buena parodia?


LA MASACRE DE TEXAS 2
The Texas Chainsaw Massacre 2

Tobe Hooper, 1986

¿Cómo haces para que la continuación de una de las películas más exitosas en la historia del cine supere a la original? ¡Ah, pues muy fácil! No lo intentas en absoluto. En vez de eso, haces una película de un género completamente distinto ‒digo, le funcionó a Aliens: el regreso (Cameron, 1986)‒. Es más, haces una película que en realidad se está burlando de la primera parte. Pocas parodias-secuelas a lo largo de la historia han funcionado bien... en realidad, sólo puedo recordar La novia de Frankenstein (Whale, 1935) y Gremlins 2 (Dante, 1990), y La masacre de Texas 2... pero por poquito.


    La película cuenta la historia del teniente “Lefty” Enright (el excelentísimo Dennis Hopper y sí, estoy seguro de que el nombre de su personaje es un juego de palabras intencional), un policía del estado de Texas que vive obsesionado con atrapar a los asesinos de sus sobrinos, Sally y Franklin Hardesty ‒de la primera película‒, trece años atrás. En los últimos años, una serie de desapariciones y extraños asesinatos parecen indicar que los asesinos de los Hardesty han vuelto a las andadas y Lefty va tras su pista. Días antes del esperado partido clásico de football Texas vs Oklahoma, Vanita “Stretch” Brock (Caroline Williams), una guapa locutora de una estación de radio local, registra en audiocinta el último asesinato de la familia Sawyer (otro juego de palabras). Ahora, Lefty y Stretch unirán fuerzas para rastrear a los Sawyer hasta su guarida y acabar con su reino de horror.


    La historia de la génesis de esta película siempre me ha parecido peculiar. Quizá hoy día no es poco común ver secuelas que aparecen más de una década después de la película original, pero hace treinta años esto era más bien extraordinario... y una especie de suicidio comercial.
    Cuando Tobe Hooper estrenó la primera cinta de La masacre… estaba listo para hacer la secuela casi de inmediato. Y ya que, según los estudios que había hecho, el género cinematográfico más popular era el horror, seguido muy de cerca por la comedia, ya había decidido que la continuación de su película fuera cómica. Por desgracia, la compañía que se encargó de distribuir la primera cinta era en realidad un frente para lavar dinero de la mafia, por lo que ni Hooper ni nadie recibieron las regalías que les correspondían, y el director texano y sus abogados se enfrascaron en un litigio de más de una década para recuperar los derechos de la cinta.


    Para cuando Hooper consiguió los derechos de La masacre de Texas y pudo producir y estrenar una secuela, a nadie le importó. La película, producida por Cannon Films, compañía experta en películas de serie B y en tomar malas decisiones comerciales, fue un fracaso en taquilla. En gran medida, esto se debió a que trece años antes la película original había sido única e impactante, pero para 1986, año en el que el mercado ya había sido inundado por Michaels; Noches de graduación; sangrientos San Valentines; Jasons; Freddys; Re-Animadores; secuelas innecesarias, aunque sorprendentemente no tan malas de Psicosis; y toda la retahíla de slashers y científicos sanguinarios, La masacre de Texas 2 simplemente fue una película más del montón... y pasada de moda, además.


    Pero, ¿realmente era merecido tan infausto sino? Francamente, creo que no. Creo que el público simplemente se ensañó con esta película por ser tan diferente de la primera. O quizá sólo sea que la tercera es aún peor y la cuarta raya en lo francamente insoportable, y por eso ésta de pronto no se ve tan mal. Como sea, es entretenida y sí me hace reír en algunas escenas.


    La historia es descabellada; pero aun así resulta más o menos verosímil y el guión le brinda una oportunidad a Tobe Hooper, quien hace un cameo en la cinta como aficionado deportivo, de demostrar que tiene mucho más talento para el horror que para la comedia. Quiero decir, en general toda la cinta es más bien ramplona con un tono granguiñolesco y un humor splatstick[1] que haría sonrojar a Tom y Jerry.


    Las actuaciones de todos son caricaturescas y más tiradas hacia lo ridículo. Dennis Hopper hace un trabajo decente con Lefty, quien en el último acto de la cinta se deschaveta por su fanatismo religioso y termina en un fársico duelo de esgrima de motosierras contra Leatherface (Bill Johnson). Y por si esto no fuera suficiente, Edwin Neil, quien hiciera el papel de Hitchhiker en la primera cinta, no quiso regresar para la segunda en el papel de Chop-Top, por lo que el personaje le fue dado al actor ‒en aquel entonces novel, hoy día legendario‒ Bill Moseley, quien fuera descubierto por hacer una parodia de Hitchhiker en el corto para TV The Texas Chainsaw Manicure.


    Éste es otro elemento confuso en la película. El personaje de Moseley podría pensarse que es una nueva versión de Hitchhiker; pero no es así… aunque Hitchhiker sí aparece en la cinta. Me explico: Chop-Top es el hermano gemelo de Hitchhiker (o algo así) que estuvo en Viet-Nam y regresó después de los eventos de la primera cinta (ambientada en 1973, cuando la Guerra de Viet-Nam aún no concluía). Durante gran parte de la segunda película, Chop-Top juega con un cadáver momificado que ha convertido en títere; este cadáver se supone que es el de Hitchhiker, quien muere al final de la primera Masacre…


    En general, todo en esta película es exageración. Es muchísimo más sangrienta que la primera y no repara en mostrar escandalosas mutilaciones, cortesía del mago del maquillaje de efectos especiales Tom Savini. De hecho, la escena en la que Enright llega a la guarida de los Sawyer, rasga un lienzo y de él comienzan a brotar montones y montones de tripas quizá sea un poco demasiado ‒por no decir absurda‒.


    En realidad, la película iba a ser aún más sangrienta. Hooper filmó una escena en la que el camión de comida rápida de los Sawyer ‒chile con carne preparado con, adivinaron, carne humana‒ entra al estacionamiento del estadio de football y es atacado por un grupo de hooligans. Los Sawyer, faltaba más, contraatacan y terminan incorporando a los hooligans al menú. Sin embargo, por razones de la censura ‒y un poco de ritmo y narrativa, la verdad‒, esta secuencia quedó fuera del corte final de la película y los negativos se perdieron ‒sólo se conserva la copia de seguridad en Betamax‒. Sin embargo, algunas de las propuestas de Tom Savini para la secuencia fueron retomadas para El regreso de los muertos vivientes parte II (Wiederhorn, 1988).


    También la secuencia de créditos iniciales y el intro eran diferentes, pero fueron cambiados de último momento para parodiar al intro de la primera película.
    Lo que sí es muy diferente a la primera película es el personaje de Leatherface. Para empezar, el actor que lo interpretara en la primera cinta, Gunnar Hansen, tampoco quiso regresar. En esta película, Leatherface es presentado más como un niño que como un psicópata ¡y hasta se enamora! La escena en la que Leatherface acorrala a Stretch en la bodega de la estación de radio y la amenaza/acaricia con esa motosierra ridículamente larga es una escena de eyaculación precoz, ¿no?


    Y cuando Bubba, como cariñosamente lo llaman sus hermanos, se enamora, Cook (Jim Siedow) ‒que en esta película sabemos se llama Drayton Sawyer‒ le pone una regañiza. Esto me devuelve a la ambigüedad que se planteó entre estos tres personajes desde la primera cinta: ¿Leatherface, Cook y Chop-Top son hermanos? ¿O Cook es su padre? ¿O ambas cosas? ¿Qué pasó con las mujeres Sawyer, por qué no hay ninguna? En la primera peli sólo estaba la abuela disecada y en ésta, la misma abuela, pero momificada en una especie de altar.
    También es interesante que, a través de toda la película ‒pienso en el Campeonato Interestatal de Chile con carne o el parque de diversiones Texas Battle Land‒, y particularmente con los personajes de Enright y LG (Lou Perryman), la cinta habla de la idiosincrasia texana. Satirizándola unas veces, ensalzándola otras... ¡Es como un episodio de Los Reyes de la colina!


    Ésta fue la última película de la serie dirigida por Tobe Hooper ‒aunque produjo casi todas las demás‒ y, siendo honestos, es el verdadero final de la saga. La historia ya no tiene más a dónde ir, por eso todas las siguientes entradas de la saga han recurrido hasta cierto punto al remake o a las escenas “tributo” de la primera parte. Siendo aún más honestos y muy puristas, ésta fue la última película 100% original en toda la franquicia. Y ya con tanta secuela, remake y reboot, la cronología y el canon de la saga se vuelven confusos y más complicados que los de cualquier otro slasher. Pero no se preocupen, que para desenmarañarlos elaboré un bonito cuadro explicativo.



    Aun cuando le tengo un cierto cariño a esta peli, he de reconocer que no es para todos. El tono sobreactuado de todo el numerito puede volverse cansino y el tercer acto es tan exagerado que se vuelve un sinsentido. Quiero decir, ¿alguien puede sacar algo en claro de las secuencias de los Sawyer en su escondite? Como sea, lo mejor del último tercio de la cinta son los sets de la guarida ‒la secuencia en la que Lefty encuentra el esqueleto de Franklin está padre‒ en los que rinden un homenaje a la escena de la cena de la primera película ‒oh, esperen... entonces ésta ya no fue la única secuela 100% original...‒; pero las coreografías están terriblemente mal montadas y el final, con Stretch haciendo el Leatherface Dance, aunque es un lindo detalle, se vuelve ridículo. Véala si quiere revivir los años gloriosos del VHS y los cineclubes, pero de otro modo puede obviarla.



PARA LA TRIVIA: Jim Siedow fue el único actor del reparto original en regresar para la secuela. Siedow fue un prominente actor de teatro desde la Segunda Guerra Mundial y ayudó a fundar muchos clubes teatrales en Houston, Texas. Los estrenos locales de ¿Quién le teme a Virginia Woolf? Y La gata sobre el tejado caliente fueron dirigidos por él. Siedow alcanzó la fama fuera de Texas gracias a la primera Masacre…, por lo que le guardaba un cariño especial y no quiso aparecer en ninguna otra película que no le pareciera tan genial. La masacre de Texas 2 fue su última película. Siedow murió en 2003, a los 83 años, por complicaciones relacionadas con el enfisema.

Guión
1
Dirección
1
Actuación
0
Fotografía
1
Música
1
TOTAL
4
     





[1] Término que es la mezcla de las palabras inglesas “splatter” (salpicar), que fue el término con el que George A. Romero denominó a las cintas en las que se derrama mucha sangre, pero tienen poco contenido y “Slapstick” (comúnmente entendido como “payasada”, literalmente “golpe con bastón”), que se refiere a la comedia simplona de infortunios físicos... o, como quien dice, de pastelazo.