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martes, 11 de noviembre de 2014

ANNABELLE. ¡Por lo menos la de Pedrito Fernández movía los ojos!


ANNABELLE


John R. Leonetti, 2014

De las películas basadas en la mitlogía griega, y particualermente me acuerdo de Hércules (Ratner, 2014), siempre me quejo porque los mitos originales son mucho más interesantes que lo que terminamos viendo en pantalla. Lo mismo me pasó con Drácula: La historia jamás contada (Shore, 2014); si se hubieran basado en la novela de Stoker o en la vida real de Dracul Vlad II de Valaquia habrían tenido un relato bastante decente, en vez de sacarse de la manga una epopeya poco inspirada.
    Del mismo modo, si quienes hicieron Anabelle se hubieran basado en el caso real de la muñeca poseída por un demonio documentado por Ed y Lorraine Warren en la década de los setenta, tendrían una película decente y quizá hasta escalofriante en vez de esta (cito a Bart Simpson) “fábrica de bostezos”.


    En vez de eso, la película cuenta la historia del matrimonio integrado por Mia (Annabelle Wallis, nótese la referencia que hace el nombre del personaje a la actriz Mia Farrow, protagonista de El bebé de Rosemary [Polanski, 1968]) y John Gordon (Ward Horton) quienes esperan un nuevo bebé. Como regalo, John le compra a Mia, quien colecciona muñecas, la pieza que faltaba en su colección: la muñeca Annabelle (bueno, en esta parte de la peli aún no lleva ese nombre). Pero una noche, una pareja de satanistas a la Manson irrumpe en la casa de los Gordon resultando en que la muñeca quede maldita por un demonio que perseguirá al matrimonio adonde sea para apoderarse del alma de su hijo (recién nacido para la segunda mitad de la peli).
    La premisa de esta cinta es clara como el agua: Aprovecharse del éxito de El conjuro (Wan, 2013) antes de que se enfríe y mantener cautivo al público en lo que James Wan termina El conjuro 2 (ya anunciada, no se preocupen). Me recordó por momentos a esas películas de Monstruos de la Universal que eran secuelas de los grandes clásicos, pero que estaban hechas al vapor una tras otra para vender boletos y llegaron a tener poca coherencia. Finalmente, esta tendencia mató a los Monstruos de Universal… y a las películas slasher en los ochenta ¿Recuerdan la interminable retahíla de secuelas de Viernes 13?


    Ahora bien, en realidad esta película no es una secuela, sino que mezcla lo que sería una precuela con lo que se conoce como Spin-Off: una obra que retoma un elemento o personaje de otra y plantea una historia a partir de él. Como lo fue en la Inglaterra victoriana la obra de teatro de Sweeney Todd o en la TV la serie dedicada a Fraisier (1993-2004), quien fue originalmente un personaje secundario de la serie Cheers (1982-1993).
    En los últimos años, muchos Spin-Offs han resultado ser muy exitosos, como Joey (2004-2006), spin-off de Friends (1994-2004), o Cleveland Show (2009-2013), spin-off de Padre de familia... No, no es cierto, son una mierda; al igual que lo es Annabelle y enseguida explico por qué.
    Por principio de cuentas, cuando hablé sobre El conjuro mencioné que era una película que si bien se basaba en un casos real, también se nutría de referencias a muchas otras películas, siendo la principal de ellas El horror de Amityville (Rosenberg, 1979, basada también en un caso documentado por los Warren). Esto le daba un feeling especial a la película.
    Con Annabelle, quisieron imitar esta estrategia, pero de forma mucho más torpe, haciendo muchas referencias a El bebé de Rosemary (los vestidos de embarazada de Mia son todos réplica de los usados por la Farrow en la peli de Polanski) y el demonio que la acosa durante toda la segunda mitad de la peli (que en el caso de El bebé… sólo aparece en la edición extendida, quizá porque Polanski consideró que se veía chafa.


    Hay además un par de referencias a Chucky, el muñeco diabólico (Holland, 1988) como el gran anuncio que se ve en la calle que dice “Barclay”, pues éste era el apellido de la familia atacada por el muñeco.
    En general, toda la película es una especie de coito interrumpido que resulta insufrible. A lo largo de su hora y media de duración ocurren diversos eventos sobrenaturales que pretenden espantar al público, pero que fallan en un elemento fundamental: por alguna razón, en ningún momento uno siente que Mia se encuentre realmente en peligro.
    Así pues, uno espera que estas calamidades se vayan sucediendo en un crescendo que culmine con una escena climática con derroche de efectos especiales, pues éste sería el orden natural de una cinta de terror con una narrativa lineal. Pero esto nunca ocurre. El “clímax” es tan anodino y en algunas ocasiones los siniestros acaecidos a Mia son tan bobos que al final me recordaron más, ellos y el demonio que posee a Annabelle, al diablito que salía en los programas de televisión de Eugenio Derbez.


    ¡Ah, claro! por no mencionar dos cosas: Primera, el subtexto claramente racista —y más allá del racismo, el hecho de devaluar a una mujer que no es madre ante otra que sí lo es— de su “escena climática” y que todo el asunto de la negra con conocimientos de ocultismo no pudo dejar de recordarme a Ghost: La sombra del amor (Zucker, 1990).
    Y en segundo lugar, el otro gran fallo de la cinta Annabelle es que, bueno, como a la mitad se les olvida que se trata de Annabelle. Realmente el tiempo en pantalla de la muñeca poseída es muy breve y, la verdad, la verdad, es poco relevante. En verdad me hubiera gustado ver más acción de su parte, quizá no al nivel del mencionado Chucky, pero la muñeca Annabelle de la vida real —que por cierto es una muñeca de trapo y no de porcelana— sí se movía sola, sangraba por la boca, caminaba e incluso dicen que llegó a intentar estrangular al novio de su dueña... ¡Hasta en Vacaciones de terror (Cardona, 1989)  la muñeca por lo menos movía los ojos!
    Mención aparte merecen el montón de anacronismos presentes en la película. Si van a recrear una época, que lo hagan bien; porque, me disculpan, pero en 1969 no había televisores a color ni el suero de hospital venía en bolsitas de plástico. Y mucho menos había máquinas de ultrasonido.


    A final de cuentas, la oportunista cinta Annabelle termina convirtiéndose en aburrimiento garantizado que sólo nos hace esperar con renovadas ansias el estreno de El Conjuro 2... ¡Oh, vaya! Entonces creo que cumplió con su función.

PARA LA TRIVIA: El director de esta película fue también el encargado de la fotografía en Chucky, el muñeco diabólico 3 (Bender, 1991).



    

2 comentarios:

  1. Mejor que hagan en la vida real la maravillosa película "Reinsensibilización" con el "bebé ojos de botón" que la verdad si da más miedo que esta babosada De verdad que en la actualidad ya no saben hacer películas de terror decentes

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